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viernes, 21 de noviembre de 2014

ROMASANTA: JUICIO AL HOMBRE LOBO ESPAÑOL

Año 1852, en los juzgados de Allariz se agolpaba una multitud esperando poder ver a Manuel Blanco, un hombre extraño, misterioso, acusado del asesinato de nueve personas. Este individuo será reconocido como el hombre lobo español.

Nos ponemos en situación, estamos entre los años 1843 y 1855, España vive una situación difícil, ya que desde el final de las guerras napoleónicas los productos del campo ven rebajados sus precios, caen los esfuerzos agrarios, los agricultores son cada vez más pobres. En definitiva, es una situación muy precaria. Entre este mar de sollozos, aparece la figura de un hombre distinto, seductor, atrayente, un hombre sospechoso de horrendos crímenes. Manuel Blanco Romasanta, nacido el 18 de noviembre de 1809 en O Regueiro, fue un hombre particularmente vinculado a negocios ambulantes:“Manuel Blanco es un hombre de cuarenta y tres años, cinco pies menos una pulgada de talla, tez moreno claro, ojos castaño claro, pelo y barba negros, semi calva la parte superior de la cabeza, fisionomía nada repugnante y sin rasgos característicos. Mirada ya dulce y tímida, ya feroz y altiva y forzadamente serena. Pulsa a sesenta y dos por minuto. Temperamento bilioso-nervioso sin exageraciones ni predominio notable de aparatos. Salud floreciente, nunca desmentida.”

Se casó un 3 de marzo de 1831, con Francisca Gómez Vázquez. Fue un matrimonio muy corto debido a la muerte de su esposa en 1834. Su vida siguió igual, sin muchos cambios, su vida se basaba en su negocio ambulante de venta de tienda de quincalla por los pueblos. En estos años se le comienza a pegar la sospecha de que asesinó a un criado del prior San Pedro de Rocas, en Castilla. También se corrió la voz de que el año del fallecimiento de su esposa mató a Manuel Ferreiro, otro vendedor ambulante. Su rastro se pierde durante los siguientes años, seguramente debido a su trabajo, pero volvemos a tener noticias de Manuel en el año 1843, cuando se hallaba en León, se encontraba prometido a una mujer de 18 años mayor que él. Justo cuando se hallaba con su prometida, tuvo que salir huyendo de allí por las acusaciones de asesinato que pensaban sobre él. Se le acusaba de haber matado a Vicente Fernández, alguacil de León, quien le perseguía para embargarle la tienda por las deudas que tenia con Manuel.

Siempre estaba buscando un lugar seguro donde descansar de tantas acusaciones. Fue Galicia, se esconde en la parroquia de Rebordechau-Villar de Barrio. En este lugar trabajó como jornalero durante dos años, se hace de querer entre sus compañeros y los que viven con él, tanto que mantuvo una relación amorosa con Manuela García, quien se convierte en su acompañante en la venta ambulante por las parroquias de los distintos pueblos. Esta mujer tenía una hija de una relación anterior, Petra. Un día, cuando Manuela se ausentó de su casa, Romasanta cogió a la niña y se la llevó a la Sierra de San Mamede. Cuando vuelve Manuela le pregunta por su hija, y éste le responde que está de criada en casa de un amigo en Santander, y Manuel le anima a que siga el camino de su hija. La acompañó a donde estaba su hija, y cuando volvió lo hizo solo.

Tras esto, se fija en Benita García Blanco, una mujer desdichada en el amor, con un hijo llamado Francisco, su matrimonio era difícil y la situación de ella era de necesidad de ayuda. Los tres desaparecen de la vida pública cuando conocen a Romasanta, no se sabe su paradero exacto, todos hablaban de que Romasanta le encontró un trabajo en Santander a Benita. Los vecinos siempre preocupados por las repentinas desapariciones de estas mujeres y sus hijos pregunta a Manuel, y éste les responde que viven felices y contentas en Santander. Con ello, surge otra mujer en la historia, María, una viuda de 59 años, quien al escuchar las buenas noticias de Benita y Manuela quiere lo mismo para salir de su miseria. Le pide a Manuel que la ayude a encontrar acomodo, pero al final nunca se realiza tal tarea. Entonces aparece Antonia Rúa Carneiro, mujer que mantiene una relación amorosa con Manuel, éste la convence para huir a Santander y buscar una vida mejor junto a sus hijas, María y Peregrina. Vende a Romasanta todas su propiedades y emprende el viaje en 1850. Antonia tenía una hermana en las mismas condiciones y cae en la red de Romasanta, quien se propone colocarla en Santander.

Tras todo esta historia, los habitantes del pueblo cercaban sus sospechas sobre este individuo, quien vende las prendas y pertenencias de esas mujeres y niños por todas las parroquias por donde pasa. Con ello surge el rumor de que mató a esas mujeres y a sus hijos, todo por extraerles la grasa, que vendía en Portugal. Alarmado por las sospechas, Manuel huye de Rebordechau, obtuvo un pasaporte interior por medio de un nombre falso, Antonio Gómez y así, viaja a Castilla.

En 1852, Manuel Blanco Romasanta rechaza las acusaciones que caen sobre él, pero al preguntarle el porqué de su cambio de nombre, Manuel confiesa todo, se culpa de haber matado a esas personas y a parte de haber practicado el canibalismo con otros dos cómplices. Se justificaba en una maldición echada sobre su familia que le impulsaba a llevar una vida animal, criminal y errante, donde mataba para alimentarse de la carne de sus víctimas. Pero aun quedaba una pregunta en el aire ¿Cómo mataba a las víctimas? Ante esta cuestión, Manuel respondió que por culpa de su maldición, se convertía en lobo, y en esa forma devoraba a sus víctimas. También dijo que tras recuperar su forma humana perdía la memoria, y que podía estar hasta cuatro días en su forma animal. Ante todo esto se le realiza un examen psiquiátrico exhaustivo a Manuel, que determina que no estaba loco: 

“El loco obra a ciegas en busca de la satisfacción inmediata, y a veces pierde el tiro por falta de razón que lo alumbre. No reflexiona en lo que se propone, ni disfraza sus acciones. Manuel Blanco, en cambio, calcula medios, mide y combina tiempos, modos y circunstancias. No mata sin motivo, ni acomete sin oportunidad. Conociendo que obra mal, se oculta. Seduce para robar, mata para ocultar, reza para seducir. Conoce el deber y la virtud y los desoye. No es, pues, ni loco ni imbécil ni monomaníaco. Es un ser perverso, frio y sereno, un consumado criminal, que actúa con libertad y conocimiento. Su confesión explicita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio gastado e impertinente; los actos de piedad, una añagaza sacrílega; su hado impulsivo, una blasfemia; su metamorfosis, un sarcasmo.”



El 7 de abril de 1853 se hace pública la sentencia. El tribunal condenaba a Manuel a la pena de muerte por garrote.



Por JESÚS CAMPOS MÁRQUEZ
Estudiante de Historia en la Universidad de Sevilla