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lunes, 28 de julio de 2014

6/2/1481

Son las cinco de la mañana del 4 de junio de 1534, en las calles de Sevilla se llevaba a cabo un hecho que hizo que la población se despertara más temprano de lo normal.
Era el día del auto de fe; un día de fiesta sagrada y solemne, donde ningún habitante debía trabajar ya que, la principal tarea era rezar.


Según la hora prevista, un grupo de hombres, encabezados por Don Rodrigo Valero, recorrían las calles de Sevilla, hablando con un notable halo de misterio y a veces deteniendo a quienes se les cruzara en el camino.
Charlaban con ellos durante unos minutos y luego los propios ciudadanos proseguían su camino con la tez pálida y con un rostro desencajado, es como si hubiesen recibido noticias o confidencias bastante desagradables.

Esos hombres poseían una fisonomía bastante particular, de carácter sombrío y preocupado, andaban agrupados de dos en dos, y sólo a veces se agrupaban para comunicarse ideas, y así continuaban su paseo con el único y simple objetivo de la propaganda popular. En muchos casos eran individuos jóvenes, en el caso de Andalucía, eran frailes de tez morena con unos andares muy desanimados. Vestían hábitos sucios y andrajosos, manos sucias, en definitiva todo lo que se observaba de su persona manifestaba una falta total de higiene. Las expresiones de sus ojos invitaban al temor y a la repugnancia, pero a su vez estaban llenas de audacia y ambigüedad. Poseían barbas negras o en su defecto grises, las cuales estaban aborrascadas y llenas de eléboro, un polvo fino sustituto del tabaco. 

Los autos de fe eran ceremonias públicas, realizada por la Inquisición, se intentaba reafirmar la religiosidad católica mediante la manifestación pública de ella y la sanción oficial a los condenados por delitos contra la fe y la moral cristiana.

Todo esto condujo a la satisfacción personal de la Inquisición por hacer hogueras y autos de fe, como por ejemplo un 6 de febrero de 1481, fecha del primer auto de fe en España y teniendo a Sevilla como testigo privilegiado de ello. Quemaron en la hoguera a seis supuestos herejes, acusados de ser conversos judaizantes. Los Reyes Católicos tuvieron su papel estelar en estas ceremonias macabras dando su consentimiento para buscar, torturar y matar a los herejes y conversos. Y a consecuencia de ello, el Papa Sixto IV emitió una bula en 1478, en la cual consentía la actividad inquisidora y además colocaba a los dos primeros inquisidores en Sevilla; Miguel de Morillo y Juan de San Martín, ambos llegaron a Sevilla en el año 1480.

Los primeros herejes que detuvieron tenían como cabecilla a Diego de Susan, quien poseía una de las más cuantiosas fortunas del país. Este fue un caso curioso, los historiadores no se ponen de acuerdo si lo empapelaron por ser un cristiano penoso o para poder confiscar sus bienes. Este auto de fe tuvo lugar en una explanada conocida como Prado de San Sebastian.

Esto sólo fue el principio de una larga lista de atrocidades, durante los siguientes 44 años fueron quemadas en Sevilla un millar de personas, según el historiador español Francisco Morales Padrón.

Cuando se contaban por centenares las gentes en las calles, uno de esos hombres de la Iglesia decía:

“Hermanos míos, como hoy es día de auto de fe no podemos elegir mejor día para propagar la santa fe católica. Detengámonos aquí, que voy a exhortar al pueblo”.

Tras esto, se dirigía hacia alguna vivienda donde estuviese una imagen de la Virgen, frente a ella hizo la señal de la cruz, oró durante varios instantes y se volvió hacia la población para bendecirles. Con ello se preparaba para dar su sermón al aire libre.

Pobre de aquellos a los que la Inquisición señalaba durante estos autos de fe, o eran condenados a muerte o a sufrir tremendas y eternas infamias. Llamaban “ligeras penitencias”  a acabar por completo con la vida moral y material de los acusados y luego condenados. Detrás de las primeras víctimas sobresalían los condenados a castigos corporales, tras ellos los condenados al fuego, los cuales podían ser cambiados a estrangulación si hacían una confesión tardía. Sus rostros térreos y pálidos tenían ya el color de la tumba y la muerte, y sus ojos fijos y empañados por las lágrimas tornaban a esa dirección que toman los moribundos en el momento en que se aproximan a abandonar el mundo de los vivos, buscando otra patria. ¿Quién es capaz de indagar los misterios de la angustia y la muerte, de la postrera lucha entre la forma terrestre y el hombre inmaterial? Sólo… la Inquisición.



Por JESÚS CAMPOS MÁRQUEZ
Estudiante de Historia en la Universidad de Sevilla