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jueves, 1 de octubre de 2015

INDUMENTARIA Y CUIDADO PERSONAL DE LA MUJER EGIPCIA

El clima egipcio es uno de los determinantes que desde los origen determinó que los habitantes llevasen ropas ligeras y aireadas, así como que mantuvieran un cierto cuidado e higiene en su cuerpo. De todas formas, la desnudez del cuerpo no estuvo mal vista en la sociedad egipcia. 


A la mujer le gustaba lucir bellos vestidos y joyas sobre su cuerpo, y el material más usado para este tipo de ropajes era el lino y, en ocasiones, la lana. El algodón no entra en Egipto hasta el periodo Ptolemaico. A través de las representaciones de tumbas y en las esculturas podemos observar que las mujeres aparecen con un color de piel más claro que el de los hombres. En dichas representaciones aparecen vistiendo una túnica larga, blanca, suave y ajustada sostenida por tirantes. El borde superior iba por encima o por debajo del busto y el inferior normalmente llegaba a los tobillos, lo que les permitía una gran libertad de movimientos. 

Hay que tener en cuenta que el lino es un tejido que con el tiempo cede, por lo que no serían vestidos tan ceñidos como parecen representados en las imágenes de las mujeres. No hay que olvidar que el vestir en el Antiguo Egipto también estaba sujeto a la moda, así tenemos preciosos ejemplos de vestidos realizados con telas de leopardo, como el que luce la princesa Nefertiabet, de la Dinastía IV, en la estela de Guiza. Las noches y tardes en el desierto eran frescas, por lo que las mujeres se ponían por encima túnicas de manga larga que colgaban en pliegues y con un amplio escote. Durante la historia faraónica, el vestuario de hombres y mujeres fue haciéndose más elaborado y variado, con abundancia de prendas con pliegues y flecos. 

Para la mujer, el modelo más habitual era un vestido holgado a modo de sari, realizado con una tela plegada que envolvía el cuerpo y los hombros y se ataba debajo del busto. Llevaban mangas con finos pliegues, tapaban la parte superior de los brazos hasta los codos. El vestido tubo llevado desde el Reino Antiguo se siguió utilizando, lo que cambia es la forma de llevarlo, ahora se lleva por debajo de una túnica más corta y holgada. En cuanto a los pies, no era infrecuente el ir descalzo, aunque hay muchos hallazgos de sandalias de cuero o de papiro u hojas de palma tejidas, las cuales se ataban con tres o dos correas y una de ellas se pasaba entre los dedos gordo y segundo y las otras dos iban debajo de los tobillos a un punto sobre el empeine, donde se unían las tres. 

El tema de las joyas es bien conocido, adornos de collares, hechos con abalorios cilíndricos azules, rojos o verdes cruzados sobre la parte superior de sus túnicas. En la cabeza lucían pelucas y diademas. También se usaban gargantillas y colgantes de hueso, cascara de huevo, marfil, dientes de animales, conchas marinas y otros materiales orgánicos, así como piedras preciosas o semipreciosas. Los pendientes en cambio son de influencia extranjera, parece ser, pues no se introducen en Egipto hasta el Reino Nuevo. El pelo se recogía con cintas de hilo atadas detrás con un lazo, y con el tiempo se evoluciona hacia las diademas y coronas, con pétalos a los lados y flores de loto delante. Las pelucas femeninas varían según el momento. Podían ser de pelo largo, que se dividan en tres partes, una que caía sobre la espalda y otras dos sobre el pecho, o pelucas cortas. La peluca también tenía su función de protección contra el sol abrasador. También podemos hablar de “maquillaje”, pues tanto hombres como mujeres se pintaban los ojos, tenemos paletas predinásticas a este fin, hechas de piedra o de pizarra. Hasta la Dinastía IV se usaban como sombra de ojos dos pigmentos básicos que se preparaban con malaquita verde del Sinaí, y una pintura negra derivada de la galena o la antimonita. Los párpados, cejas y pestañas se oscurecían con palitos o pequeñas cucharitas de piedra. Las egipcias no se pintaban los labios, excepto las prostitutas. 

En definitiva, las mujeres egipcias tenían que acicalarse para los distintos momentos del día, ya sean solemnes o no, y las de clase más acomodadas lucían todo tipo de joyas, vestidos elegantes e imponentes pelucas.

Por JESÚS CAMPOS MÁRQUEZ
Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla