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viernes, 7 de noviembre de 2014

PISHTACOS: LA PESADILLA ANDINA

Nos encontramos en una cueva alejada lo más posible de la civilización, solo poseemos un caballo y nuestra familia. Observamos a nuestro alrededor y vemos selva, árboles gigantescos, fauna variada y humedad a raudales. En nuestra mano derecha sostenemos un cuchillo bien afilado mediante piedras, y en la mano izquierda empuñamos una bolsa de polvos mágicos. Nuestra silueta se dibuja en la piedra gracias a la luz de la luna, somos los Pishtacos.


La presencia de estas personas sigue siendo uno de los mayores misterios de la historia del Perú más mágico. En la sierra sur del quechua se les conoce como nakaq (degollador de animales para sacrificios). Muy pocas personas han sobrevivido a sus ataques, y estos degolladores jamás fueron reconocidos ni visualizados con claridad. Atacan de noche, suelen ser dialogantes con las personas que consideran víctimas. Alguno de los supervivientes los describe como hombres muy grandes, negros y con barbas prominentes. Muchos son los casos donde raptan a mujeres jóvenes, las hacen sus esclavas sexuales y luego las destinaban a trabajos forzados. Para evitar riesgos de fuga les amputaban las piernas o los brazos, este último caso es para evitar ataques por sorpresa. Las mujeres que se mostraban más fuertes y concienciadas con ellos se les unían en sus actividades carniceras.

Esta es la descripción principal del pishtaco, pero ¿Por qué atacan de esta manera? ¿Qué quieren conseguir con ello? Pues la respuesta es esta; su concepto de riqueza está muy limitado, son personas que viven en plenos Andes, rodeados de selva y alejados de todo el mundo, por tanto su visualización de riqueza es primitivo. Su objetivo es la grasa humana. Raptaban a hombres grandes, voluminosos a ser posible, les cortaban la cabeza y las extremidades. Tras este procedimiento se cogían ganchos de hierro y los colgaban de ellos, esos cuerpos estaban colgados y sustentados con un trípode de madera. 

Imaginarse la escena es perturbador, un pedazo de carne humano colgado, sin brazos ni piernas, sin cabeza… espeluznante. Esta situación se vuelve más dramática cuando bajo el cuerpo colgante se colocan velas encendidas, y mediante un proceso muy lento, la grasa va goteando y cayendo en botes para su conservación. Esa grasa que se obtiene luego será vendida en distintas ciudades de Perú, pero principalmente en Lima. La venta de la grasa tiene compradores asiduos, los cuales son ricos que tienen diversas enfermedades mortales y piensan que bebiendo la grasa humana sus quejas disminuirán.

La policía sigue las pistas a estos individuos, a veces logrando capturar a algunos de ellos, como en el año 2009 cuando dos de sus integrante fueron detenidos tras haber matado a más de 70 personas del valle de Huallaga. Estos extraían los tejidos grasos y los vendían a 15.000 dólares el kilo a empresas extranjeras para la fabricación de productos cosméticos. Quién sabe si ahora mismo llevarás maquillaje hecho con grasa humana.

Las victimas suelen tener un patrón común; viajeros solitarios, de ambos sexos, da igual si son niños o adultos, lo que importa es la grasa. En muchos casos, estas acciones de abordaje se producen en la selva, donde estos pishtacos tienen preparadas trampas. Una de ellas es la que consiste en un lanzador de disco metálico, un disco afilado y con dientes. Este disco es lanzado a la altura de la cabeza cuando uno de esos viajeros corta con sus pies una fina cuerda que se coloca en el suelo. La cuchilla se lanza y corta la cabeza de la víctima. A veces se disfrazaban de ancianas para acercarse de manera más simple a las víctimas. También hay casos donde el pishtaco cuando está ante su víctima, reza una oración mágica, luego sopla el polvillo mágico narcotizante hacia la víctima, tras ello, el atacado comienza a temblar de miedo, le salen de los ojos chispas de fuego. Entonces avanza hacia el pishtaco y ante él se deja caer en un profundo sueño.

A lo largo de la historia de los pishtacos, se les ha relacionado con diversos organismos sociales como la Iglesia, los hacendados poderosos e incluso el Estado. Muchos autores afirman que las peculiaridades místicas de estos personajes se asemejan bastante con la orden de los Bethlemitas, quienes hacían labores curativas, con barbas largas y gran poderío físico. Se piensa que la extracción de la grasa es un bien social, un mecanismo más del aparato burócrata que controla el comercio. Es materia prima que hace enriquecerse a muchos que ni siquiera la toca, solo por ser intermediarios. La grasa como un síntoma de la fuerza vital humana, su extracción es la mejor manera de representar la explotación del campesino. En la década de los años 80, el Estado es asumido como el principal benefactor de este acto. Según Sergio Quijada: “Todos piensan que los pishtacos, que pueblan las serranías, tiene tarjeta del Estado o del Gobierno y a quienes, por los crímenes que cometen no se les puede ni siquiera instauran instrucción, ni simple investigación, por tener su famoso salvoconducto, inmunes a todo proceso”

En definitiva, son personajes legendarios, místicos, son los vampiros de los Andes. Pero eso no quita que los habitantes campesinos no se puedan defender de ellos, muchos planean tretas o engaños para vencerlos. Crean armas para ir más seguros por la selva, hay muchos casos narrados por los que salieron ilesos de su encuentro con un pishtaco:


“Don Timoteo, acorralado por el pishtaco, le rogó que le concediera unos minutos para despedirse de la vida cantando una canción que había compuesto. El pishtaco accedió al ruego. Entonces don Timoteo se subió sobre una roca grande y comenzó a cantar a gritos: ¡Ay, Pichucachi, Pichucachi! ¡Ya no te verán mis ojos! ¡Ay Pichucachi! ¡Adiós para siempre!.... lo que en realidad hacia era llamar a su perro que se había quedado retrasado. Cuando el perro oyó la voz de su amo, corrió a su auxilio. Ya el pishtaco se preparaba a matar a don Timoteo y sacaba su cuchillo ensangrentado, cuando llego Pichucachi sin ser visto y cogió al pishtaco por el cuello y lo derribó al suelo. Don Timoteo le quitó el cuchillo y lo mató.”


Por JESÚS CAMPOS MÁRQUEZ
Estudiante de Historia en la Universidad de Sevilla