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viernes, 27 de junio de 2014

LA GARDUÑA: EL SIGLO DE ORO SANGRIENTO DE ESPAÑA

La Garduña fue una sociedad secreta española cuya existencia se prolongó durante varios siglos. Como si de un precedente del Ku Klux Klan se tratara, su primer propósito fue la persecución ilegal de judíos y musulmanes. Más tarde, evolucionó hasta convertirse en una sociedad de delincuentes que dio origen, entre otras a la, ya muy conocida, Camorra napolitana.


Secuestradores y asesinos a sueldo, la Inquisición utilizó a menudo sus servicios para actuar contra personas sobre las que legalmente no tenía jurisdicción. Durante los tiempos más oscuros de la Historia de España su solo nombramiento, como de costumbre en voz baja, infundía temor en los corazones de la población. Esta sociedad fue la imperante, durante varios siglos, en los territorios de los bajos fondos de la Península Ibérica. La Reconquista española es uno de esos períodos históricos en los que la confusión, la exaltación religiosa y nacionalista jugaban un papel primordial, así los judíos y musulmanes que habitaban en territorio cristiano se encontraban en un estado de absoluta huerfanidad, lo cual derivó en que se convirtieran en victimas favoritas de malhechores y bandidos. Estos bandidos usaban con demasiada frecuencia la defensa total de la fe cristiana como justificación, lo que les granjeaba la aprobación tácita de la Iglesia. A fin de cuentas, los musulmanes eran el enemigo que aún controlaba amplios territorios del suelo patrio, en cambio los judíos eran los miembros de una raza maldita responsable de la ignominiosa ejecución de Jesucristo.

La Santa Garduña nació como consecuencia de este orden de cosas.

Por aquella época, la Santa Inquisición centraba su atención sobre casos relacionados con musulmanes y judíos convertidos al cristianismo, los cuales eran conocidos como “marranos”, eran sospechosos de seguir practicando en secreto su religión original. Algunos eran ricos y otros incluso miembros de la Iglesia. Sin embargo, a pesar de lo que dice la leyenda, la Inquisición no era una institución todopoderosa y en muchos casos resultaba imposible proceder abiertamente contra determinados individuos, que habían conseguido comprar su inmunidad. Es en estos casos cuando la Garduña entraba en escena, siendo una sociedad secreta de carácter racista, encargada de la persecución de ciudadanos siguiendo ideales xenófobos. Los miembros de esta sociedad secreta trataban a estos judíos y musulmanes influyentes de maneras nada católicas, recurriendo generalmente al asesinato de cualquiera que difundiera o practicara ideas heterodoxas. De este modo, este consorcio criminal se convirtió en un arma extraoficial del Santo Oficio. El férreo adiestramiento y disciplina de sus miembros, así como una extremada crueldad a la hora de llevar a cabo sus misiones, convirtió a la Garduña en un mito por derecho propio.

En la sociedad española de la época, se les enseñaba a los neófitos que la Garduña nació del disgusto de Dios, el cual permitió a los musulmanes apoderarse de la Península Ibérica, como castigo a los cristianos de la época. Las únicas personas a quienes el Todopoderoso permitió sobrevivir fue un reducido grupo de elegidos, sobre quienes recaería la tarea de reconquistar el país y limpiarlo de infieles, para que así la Garduña llevara a cabo su obra divina; hacer prevalecer la pureza de la sangre española.

Los inquisidores encontraron en este grupo de malhechores un poderoso aliado. La Garduña adoptó una forma de organización iniciática dividida en nueve grados a los que se accedía en función de los méritos que realizaban los militantes, no sin antes completar una ceremonia de iniciación exclusiva para cada rango. En el rango más bajo, encontramos a los llamados “chivatos” o nuevos reclutas. Otro de los rangos inferiores era el formado por las “corbeteras”, prostitutas usadas para conseguir información. Para casos especiales que requerían un carácter más refinado, la Garduña no empleaba a las toscas “coberteras” sino a las llamadas “sirenas”, jóvenes de aspecto cándido. Los “fuelles” o “soplones”, hombres de cierta edad, de apariencia respetable y frecuentadores de la Iglesia, eran los encargados de la gestión del botín y de negociar con la Inquisición y otros empleadores. También eran los encargados del chantaje y la extorsión a familias acomodadas. La fuerza de choque eran los “floreadores”, y sus antagonistas eran los “punteadores”, los cuales eran refinados espadachines.
El liderazgo supremo de varias de estas pequeñas bandas o de una banda de cierta entidad recaía en los conocidos como “maestros”. Los “capataces” eran jefes regionales, y el jefe supremo era el “Hermano Mayor”.

A pesar de sus orígenes racistas, los miembros de la Garduña no deben ser considerados exclusivamente fanáticos de la limpieza de sangre cristiana, movidos simplemente por el odio y la xenofobia. Ante todo, la Garduña era una sociedad de delincuentes. Ellos fueron quienes controlaron durante el Siglo de Oro las conocidas “Cortes de los Milagros” que aglutinaban a mendigos, prostitutas y rufianes de todo pelaje y que tan bien retratados quedaron en el marco de la Novela Picaresca.

Para concluir, el 25 de noviembre de 1822, Francisco Cortina, el último Hermano Mayor de la Garduña, fue ejecutado públicamente en Sevilla junto a dieciséis de sus principales colaboradores. Oficialmente, éste es el fin de la historia. Sin embargo, se sospecha que aquello no fue ni mucho menos el epílogo de la siniestra sombra de la Santa Garduña, algo completamente lógico si tenemos en cuenta la honda raigambre de esta sociedad secreta. Se tienen noticias de ramas suramericanas que actuaron y se extendieron por el Nuevo Mundo durante los dos primeros tercios del siglo XIX. Por otro lado, debemos considerar que sociedades delictivas tan exitosas como la Camorra napolitana o la Mafia siciliana, nacidas ambas en territorios antaño dominados por la Corona de Aragón, le deben mucho de su organización a su precursora española, que exportó sus métodos a aquellas tierras en la época que Nápoles se encontraba bajo la soberanía de España.

Por JESÚS CAMPOS MÁRQUEZ
Estudiante de Historia en la Universidad de Sevilla